viernes, 8 de marzo de 2019



HOMENAJE A LAS MUJERES HORTELANAS DE FRESNO DE LA VEGA EN EL DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA













El día 8 de marzo de 1857 tuvo lugar el primer acto reivindicativo en defensa de los derechos de las mujeres trabajadoras. No era una celebración, cientos de mujeres de Nueva York salieron a la calle para protestar por los bajos sueldos que percibían (eran menos de la mitad de lo que cobraban los hombres) y por las pésimas condiciones en las que trabajaban. Aquella manifestación acabó mal, con la Policía dispersando la protesta.
Desde aquel histórico 8 de marzo la fecha se convirtió en un punto recurrente para las protestas de las mujeres.
En 1909, en Estados Unidos, el partido socialista, instauró por primera vez un día nacional de la mujer trabajadora, fijado en el 28 de febrero. Esta fecha sirvió, durante años,  de escenario para numerosas protestas bajo el lema «Pan y Rosas», en el que el pan simbolizaba la seguridad económica y las rosas la calidad de vida.
En 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, se reiteró la demanda de sufragio universal para todas las mujeres y, a propuesta de Clara Zetkin, se proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La propuesta se aprobó por unanimidad por la conferencia, que contaba con más de 100 mujeres pertenecientes a 17 países distintos, entre las que se encontraban las primeras tres mujeres elegidas al parlamento de Finlandia
La reivindicación de un Día de la Mujer vivió su bautizo de sangre el 25 de marzo de 1911, también en Nueva York. La fábrica de camisas Triangle Shirtwaist ardió de madrugada con centenares de mujeres que trabajaban en el interior de aquel edificio de diez plantas y que no pudieron escapar de las llamas porque los propietarios habían bloqueado todos los accesos para impedir que asistieran a las marchas para reivindicar mejoras en sus condiciones laborales. La dramática escena en el corazón de Manhattan conmocionó a la opinión pública y costó la vida a 146 mujeres que  murieron. 
La tragedia, que coincidió con las habituales protestas que se desarrollaban año tras año en el mes de marzo, sirvió para que las leyes estadounidenses comenzaran a recoger mejoras en la seguridad en el trabajo en el sector industrial. El incendio de la fábrica valió, además, de aldabonazo para la causa de las mujeres trabajadoras y del internacionalismo obrero en general en todo el mundo. Los sindicatos organizaron muchas de las protestas contra esta tragedia, entre las que destacó el desfile funerario silencioso, que reunió a una multitud de unas 100.000 personas.
Pocos años después, las mujeres rusas eligieron el último domingo de febrero de 1917 para convocar una huelga bajo el lema ‘Pan y Paz’. Aquel histórico domingo era 23 de febrero según el calendario juliano, que entonces se utilizaba en Rusia; sin embargo, según el calendario gregoriano, utilizado en otros lugares, era 8 de marzo.
Habría que esperar hasta 1977 para que la Organización de Naciones Unidas convirtiera la jornada del 8 de marzo en el Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, «para conmemorar la lucha histórica por mejorar la vida de la mujer», cambiando la realidad de menos acceso a la educación, peores empleos, salarios más bajos, dificultades para acceder a los órganos de representación desde donde podrían cambiar las cosas y altas tasas de violencia.
Las mujeres hortelanas de Fresno de la Vega que desde finales del siglo XIX y durante casi todo el siglo XX trabajaron la hortaliza, y a través de los mercados la exportaron y dieron a conocer en toda la provincia, en Asturias, Galicia y Santander, realizaron una lucha semejante a la anterior,  ya que, empujadas por el estado de necesidad , optaron por asumir los trabajos que tradicionalmente habían hecho los hombres, realizándolos  en igualdad de condiciones que sus maridos e hijos, para poder alcanzar unos ingresos que cubriesen el sustento de la familia, la formación escolar de los hijos, la propiedad de la tierra que trabajaban y la dotación de la empresa familiar: desde un burro o una noria en tiempos lejanos hasta el tractor o el camión en tiempos recientes.
Los trabajos de la tierra los hicieron ellos y ellas en igualdad, pero los mercados, aunque no eran exclusivos de mujeres, fueron fundamentalmente, coto femenino.
Sabemos que en el siglo XIX ya se iba al mercado de los jueves de Valencia de Don Juan.  El viaje se hacía con un burro al que cargaban con las alforjas y los sacos que se pudieran sujetar, atravesados,  en los lomos del animal.  Esto suponía que el hortelano u hortelana, debían hacer el camino de ida a pie.
Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, ya empezaron las primeras y primeros valientes a ir al mercado de León, miércoles y sábados. Iban con burros, por el camino de Cabreros donde cruzaban el río en una balsa, asunto nada fácil porque los animales se ponían nerviosos y, como burros que eran no había manera de hacerles subir; En una ocasión, Simón el pescador, el que años más tarde se radicó en Fresno, alguna vez tuvo que recurrir a métodos expeditivos como dar un buen golpe en la cabeza del animal y cuando éste quedaba mareado, empujarle para que subiera. Luego seguían hasta Cembranos, allí hacían noche en el mesón, durmiendo junto con los animales en el propio suelo de las cuadras, y de paso que ahorraban en gastos de alojamiento, cuidaban del género, del burro y no pasaban frío.  Muy de madrugada, emprendían el camino hasta León, a donde llegaban con las primeras luces del día para instalar el puesto y comenzar la venta con la llegada de los primeros compradores, normalmente los fruteros que abastecían sus establecimientos.
Para este trayecto, que era bastante más largo que el de Valencia de Don Juan, había que prevenir también la comida de los animales y, en tiempo frío, la manta para abrigarse y para dormir. En la medida en que la venta aumentaba, la explotación iba creciendo y comenzaron a ir con tres burros.  Dos de ellos cargaban con la hortaliza que se distribuía en tres alforjas cada uno: dos en cruz de san Andrés y las terceras en posición normal armando a las anteriores. En el tercer burro iba el hortelano u hortelana y llevaba la comida, tanto para los animales como para él, así como el resto de equipo necesario.  Ya en el siglo XX, llegaron los primeros carros de caballerías mejorando mucho el desplazamiento en capacidad, tiempo y comodidad.
No eran éstas unas mujeres que el resto de la semana se dedicasen a tocar el piano y bordar. Hablamos de mujeres que amanecían antes de que el sol saliera. Para cuando éste hacía presencia ya habían dado el almuerzo a los gochos, arreglado la cuadra y ordeñado, preparado el almuerzo de los de casa y puesto el puchero en la lumbre donde cocía toda la mañana. ¡Hala!, ya estaban libres para ir a la tierra u ocuparse del huerto: sembrar semilleros, espingar, jajar, arrancar y atar planta para el mercado, preparar planta para plantar, plantar, regar, mullir, arrancar o preparar la carga...y si no, fregar, lavar, planchar y el resto de tareas domésticas.
La llegada del tren en 1915 al mismo tiempo que los primeros carros de caballerías, supuso un impulso para la expansión de la hortaliza.  Aumentaron considerablemente las plantaciones y mujeres y maridos, ambos con el mismo afán, compartieron el trabajo de cultivar y preparar la carga, y al mercado iban por separado: los hombres salían el día antes con el carro por el camino de Vega y Marialba, y las mujeres al día siguiente en el tren. De noche aún, por el camino de la estación, un ejército de mujeres vestidas de negro de pies a cabeza y armadas con la faltriquera debajo del mandil iban a coger el tren de Palanquinos para transbordar a los trenes de León; lo mismo a la inversa se repetía por la noche, y si perdían algún tren, no daban la vuelta para casa, carretera adelante hasta Palanquinos en el coche de san Fernando. En éstas se bregaron mujeres como Tomasa, Úrsula, Aurelia o Federica.  Mujeres que no sabían leer ni escribir pero que ataban manadas de doce, de veinticinco o de ciento; que cobraban y daban la vuelta.
Vino una desventurada guerra y las mujeres de Fresno, mientras los hombres estaban destacados en los frentes,  siguieron sembrando, plantando y yendo al mercado. Mantuvieron abastecida la ciudad de León con las hortalizas de nuestro pueblo, exponiendo sus vidas en el camino de ida y de vuelta con sus carros y caballerías. Sabemos que en el año 1940 el gobernador de León se desplazó hasta Fresno para darles las gracias por su trabajo y su valentía, permitiendo que la ciudad de León hubiera dispuesto de alimentos durante los tres años de guerra.
En los años cuarenta y cincuenta ya teníamos coche de línea que entraba en el pueblo, paraba en las escuelas y allí se arremolinaba esa legión de mujeres que ya no iban tan de negro aun cuando seguía siendo el color dominante, ni vestían ropas tan complicadas. Habían sustituido la faltriquera por el mandil con bolso, portaban bosas grandes de triángulos de piel, negros también, para llevar la comida y para traernos a los niños unas avellana, unos confites o unos cacahueses como entonces se decía.  Eran años muy malos, de escasez y racionamiento. Ellas aprovechaban el viaje a la capital para comprar las medicinas, hacer las gestiones de la familia y hasta camuflar una lata de aceite o un kg. de azúcar procedentes del estraperlo, porque llegando a casa había que hacer los bollos para el Corpus. Esas eran nuestras abuelas: Francisca, Lea, Obdulia, Rosalina, Flora, Amada, Dominga, Margarita, Agustina, Manuela, Maria Juana, Natalia, Arcadia, Bienvenida,  Maria, Cristina y tantas y tantas más cuyos nombres van desapareciendo de nuestra memoria.
Al final de la década de los sesenta empezaron los camiones a llevar la carga: José y Juanín fueron los primeros. Esto fue un gran avance, cargaban en la plaza a última hora de la víspera del mercado y se podía aprovechar el día para trabajar; fue como ganar dos días por semana. Muchas de las mujeres que iban al mercado, hijas de las anteriores,  empezaron a sacar el carnet de conducir, se hicieron con su 4L y ya se desplazaban en su propio vehículo o en el de otras. Era común verlas llegar por la noche a la plaza de Fresno y bajar de uno de esos coches con el bolso del mercado en una mano y la romana en la otra.  Había empezado la conciliación familiar. Era la generación de Irene, Susi, Anita, Obdulia, Ángela, Patro, Carmela, Eve, Segunda, Lola, Aurita, Milagros, Escolástica, Nieves, Bernardina, Teresa, Beatriz, y otras muchas de una lista interminable.
Estas mujeres atendían su casa y además de trabajar en las tierras y el huerto, ir al mercado, ocuparse de las vacas, del gocho,  de las gallinas, de los conejos, hacían los chorizos, los bollos, los colchones, la ropa de la familia, las más antiguas de ellas hasta hilaron la lana que después utilizaban. En medio de todo eso, parían una media de cuatro o más hijos. Y como consecuencia de esa tenacidad inquebrantable para sacar adelante a la familia mejorando su nivel de vida, tuvieron la ambición compartida por la mayoría de ellas, de dar estudios a los hijos, sin distinción de género. De esos años, cuando la enseñanza no era universal y gratuita, salieron de Fresno de la Vega numerosas maestras, enfermeras, médicas, abogadas, ingenieras, historiadoras, licenciadas en filosofía o en letras, etc.
Fueron las penúltimas de una forma de sobrevivir y trabajar las que les hicieron famosas, por su laboriosidad y coraje para sacar adelante la familia. Ellas llevaron el nombre de nuestro pueblo y la fama de sus hortalizas hasta el último rincón de la provincia de León y zonas limítrofes como Asturias, Palencia, Cantabria o Galicia.
No fueron las últimas, todavía hay algunas que siguen haciendo el mercado, pero la forma de comercializar hoy en día y la disminución drástica del número de explotaciones, hace que prácticamente se considere una clase desaparecida.  Quedan algunas, pocas, de aquella legión de mujeres hortelanas pero de edad avanzada: Lola, Anita, Transi, Fernanda, Charo, Gladis, Milda o Higes, Esperanza, Teresa. Quizá alguna más pero no muchas.
Vaya este pequeño homenaje para recordarlas a todas, que no es sólo que lucharan por sus derechos, es que los incorporaron a sus vidas por la expedita vía de ejercerlos obligadas por la necesidad: se dieron de alta en la seguridad social como empresarias autónomas del campo, accedieron a las escasísimas prestaciones en materia sanitaria 

Por todas ellas, un imborrable recuerdo.


viernes, 1 de junio de 2018



EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA


Por Bonifacio Fernández Arteaga
Parte 8




Llegando Semana Santa
En medio de un corrillo
Que alrededor se levanta,
Un baratero se planta
Llenando bien el bolsillo,
Con esas chapas famosas
Que eran de cobre y lustrosas.
Y hasta que cesaba la luz
Cruz y cara, cara y cruz.

Me ocurrió que cierto día
Teniéndome que afeitar,
Acudí a la barbería.
Como siempre que allí llegas
Comenzamos a charlar,
Y el barbero me decía,
Que venía de las bodegas
De un buen vino degustar.
En el sillón tomé asiento
Viniéndome al pensamiento
Que no me debía sentar.
El barbero al comenzar,
Tropezó con una caja,
Se le cayó la navaja,
Y se lastimó en un codo, y
Dije para mi: “está beodo”
Por prudencia o timidez,
Presté nervioso mi tez.
Comenzóme a enjabonar
Hasta la cara llenar,
No sin antes transitar
Por parte de las orejas,
Por la frente, por las cejas,
Haciéndome pestañear.
Al ver de la navaja el filo,
Pensé yo, en aquel momento,
Viniédome al pensamiento:
“mi vida pende de un hilo”
¡Como estaría el corazón!
El barbero era verdugo,
Mientras yo, amarrado al yugo,
Tenía miedo y con razón.
Por arriba y por abajo
Me arreaba cada tajo
Que pensaba: “sin orejas
Y sin narices me dejas”
Cuando afeitaba la gorguera,
Sentí como cagalera,
Pues mis tripas hacían ruido
Y sentí como un bahido.
Por fin terminó el trabajo
Y di un suspiro profundo.
¿Estuve siempre aquí abajo?
¿O estuve en el otro mundo?
Dicen que estando “tronado”
Se ve todo duplicado.
Al salir de aquel tormento,
Pensé yo en ese momento:
“Este barbero es un dios
Pues al mismo tiempo, afeita a dos”
Moraleja:
No hagas uso de barbero
Que venga de bebedero.

Quiero terminar esta historia
Porque tengo mucha edad
Y me falla la memoria.
Solo he dicho la verdad
Y omitido la mitad
Por no perder amistad.

Pero en esta despedida
A todos pido perdón
Si ven alguna omisión.
No quiero ver ofendida
A toda persona,  aquella
Muy proclive a la querella,
Que crea ser aludida
Por lo que se diga de ella.
Y respecto a los apodos,
Los tenemos casi todos.
Ni Pilotos ni Chapines
Hacen a los hombres ruines.
¿Algún defecto tu notas?
¿Qué he exagerado en mis notas?
El humor siempre exagera
Es su condición primera.

Por un gran Fresno hace votos
Este hijo de aquel PILOTOS.

LEON, junio de 1997




Bonifacio Fernández Arteaga, nació en Fresno.  Hijo de Enriqueta Arteaga y de Eusebio Fernández, el primer Pilotos.  De niño y joven, vivió en la plazuela de los jatos.  Se hizo maestro y ejerció en Navatejera durante más de 30 años. Después vivió en León hasta su fallecimiento a finales de los noventa cuando tenía noventa y dos años.

 

miércoles, 30 de mayo de 2018



EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA


Por Bonifacio Fernández Arteaga
Parte 7




¿Y que hacían los adultos,
Fuera de su profesión?
Calentandose en sus lares
O de visita a los bares.
Leyendo los que eran cultos.
Camino de la estación
Los que iban a León.
O por el camino Angosto
Si se dirigían al mosto
Que es decir a las bodegas
Donde entraban casi a ciegas
Para encender el candil
Con su pabilo aceitoso
Muy grasiento y cochambroso
Que genera sombras mil.
Se juntaban en cuadrillas,
Los que no tenían rencillas,
Y avanzando muy despacio
Al Ventrorro caminaban.
Donde el señor Bonifacio,
Escabeche y pan compraban,
Unas latas de sardinas,
O chorizo y golosinas.
Después de dejar El Ventorro
Se sentaban en un corro,
Y bien usando la espita
O de la pluma tirando,
El vino van envasando,
El cuerpo lo necesita.
Después de jarra vaciar,
De consumir municiones,
Y de exponer opiniones
Regresaban al lugar,
Siempre después de probar
El vino del cubetín  
Que a alguno ponía tontín.
Según iban avanzando
Y gases acumulando
Al llegar a las escuelas
Del alcohol y sus secuelas
Eses iban dibujando.
Responsables: las espuelas.
Moraleja:
Si has quedado bien, al fín
No bebas del cubetín.
No cambies del tinto al blanco,
Puedes quedar cojo o manco.

Hay quien iba a ver sus tierras
Otros cogían sus perras
Y jugaban hasta la camisa
En el café de Felisa.
Donde Elpidio el zapatero,
Donde Ramón el gaitero,
Donde el sastre o en la fragua,
O a llenar el prado de agua,
A coser los “subiyuelos”,
A pasear a los abuelos,
A reparar la cabaña,
O a picar bien la guadaña,
Los criados a la pajera,
Y el amo a guardar la era,
A los bolos o a la sota,
O hacia el juego de pelota.
Existía la distracción
De caminar a la estación
Para ver llegar los trenes
Esperando en los andenes.

También los mozos y mozas
(yo retozo, tu retozas)
Paseaban por la carretera
Uno con una a su vera,
Y como que no quiere la cosa,
Iban al baile de Rosa.


Continuará.







lunes, 28 de mayo de 2018




EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA


Por Bonifacio Fernández Arteaga.  
Parte 6



¿Cómo andaba la educación
Por esas viejas calendas?
Era entonces D Ramón
Quien llevaba las riendas
Del elemento masculino.
Perdón pido al femenino
Que ignoraba en mi camino,
Pues no entraba yo en sus tiendas.

Había muchos galopines
En sus estrechos asientos
Y con muchos movimientos.
Pizarras y pizarrines
Eran nuestros elementos.

Con escasos materiales
Y muchísimos chavales,
De los maestros la labor
Era digna de loor.

Lo mejor era el recreo.
Y si el tiempo se ponía feo
Y llovía y había barro
Pues en unos tendejones
Jugábamos con cartones
A escondite y hasta el marro.
Y en aquel tiempo de bula
A la una anda la mula.

Al entrar, frente a la facha
Recientemente encalada,
Con avidez, sin excusa,
Dábamos a la tarusa.

Era operación primera
Tirar el tejo suavemente
Para acercarlo a la madera,
Y el segundo, ya impaciente,
Con tirada muy certera
Para que en  vuelo ascendente
De su lugar se saliera
La tarusa volandera.
¿Y que venía después?
Pues se formaba un corrillo
Se adelantaba un chiquillo
Y medía con los pies
El espacio entre el botín
Y el tejo que más cerca hubiera,
Y se medía, por fin,
El espacio hasta la madera.
Si este espacio rebasaba
Al que se midió primero,
Con el botín se quedaba
El tirador ganadero.

Yo me hacía con botines
Unos tejos muy famosos
Que me parecían preciosos
Como los tejos de Felines.

Era un juego divertido
Que a la historia no ha sucumbido
Pues en Fresno, en el año en curso
Se ha celebrado un concurso.

¿En qué más se  entretenía
El imberbe colegial?
Como en invierno llovía
Y hacía un tiempo muy glacial,
En el hielo a resbalar
y al contemplar pinganillos
que después  al deshelar
caían sobre los chiquillos
por la calle al caminar.
A rascarse los sabañones
Y a fumar del tabaco
Que algún decidido caco
Robaba de cuarterones.
Pero esto en Los Mujerones
Para ocultar el atraco.
A apedrear a los perros
A robar fruta a los huertos
Ir a uvas a los carros
Ya de noche y con expertos.

Esto a Fermín me recuerda.
Con él fui yo alguna vez.
Uvas pintas a la mierda,
Tenía imán para el jerez.
Yo no veía los jereces
Aunque fueran como nueces.

Cuando se echaba a pacer
A Pradala o a las eras,
Nos daba mucho placer
La sombra de las paleras.
Aquel toro semental
Que le llamaban Resiste
Nos parecía colosal.
“Fíjate que bien embiste”
“La monta no la hace mal”.

A la hierba salía un burro
Que con donjuanescos fines,
Aunque parecía cazurro,
“atacaba” a las afines.
El burro del tío “Chapines”
A todas muy complaciente,
Las marcaba con un diente.
Los que asistían a la verbena
Le ayudaban en la faena.

Continuará.














viernes, 25 de mayo de 2018



EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA



Por Bonifacio Fernández Arteaga
Parte 5



¿Cómo estaba la medicina
Por aquestos andurriales?
Era César Tejerina
Quien nos quitaba los males.
Pisando todos los barros
A cualquier hora del día
Nos quitaba los catarros
Y hasta la disentería.
Sin meterse en cirugía
Ésta casi no existía
Muy pocos iban a León
Para alguna operación.
Si acaso a Villamañán
Por Valencia de Don Juan.
Se demuestra dicho atraso
Dando cuenta de este caso:
Yo vivía con mi tío
De nombre Domingo Prieto
Que hiciera calor o frío
Se veía en gran aprieto
Para poder orinar
Pues la próstata maldita
Comprimiendo a lo que pita
No le dejaba expulsar.
Don César, y por la uretra
Con un tubo penetra
(De hierro, llamado sonda)
Hasta una parte muy honda
¡Que gritos, señor dios mío!
Lamentos y hasta algún taco
No se oirían desde el río,
Pero si en su desvarío
Desde casa del Colaco.

Eso mismo, a su sobrino,
Le sucedió no hace mucho.
Con personal más ducho
Y sonda de pico fino,
No la noté en el camino.
De próstata me operé
Y poco sufrí, doy fe.














miércoles, 23 de mayo de 2018




EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA

Por Bonifacio Fernández Arteaga
Parte 4





Pero a estos dos monaguillos
Muy poco antes de cesar,
Les sucedieron más cosas
Propias de imberbes chiquillos,
Alguna de ellas graciosas,
Que quiero ahora relatar.

Había en Fresno una señora
Anciana y algo beata
Que madrugaba y en bata
Siempre a la misma hora,
Al sentir sonar las campanas
A la iglesia iba deprisa
A recibir en la misa
A Aquel a quien más adora.
Como es natural, en estas
Ocasiones, que son fiestas
Para algunas criaturas,
Has de estar en ayunas
Par poder comulgar.
Lo dicen todos los curas
Y se anunciará esto mismo
En cualquier catecismo.

Tras el ayuno ¿Qué viene?
Pues que llega el gusanillo.
Que uno come lo que tiene
Y no es ningún disparate
Que la señora en pocillo
Llevase el chocolate

Lo dejaba tras el altar
Protegido por un santo
Y cubierto con un canto
Y después a comulgar.

¿Qué aconteció en el regreso?
Que la señora exclamaba:
“¿Qué ha sucedido? ¿Qué es eso?
¡Ay dios mio! ¡Ay dios mio!
El pocillo está vacío
Y ya no está donde estaba
Ni tapado con el canto.
Por su religiosidad
Dijo con ingenuidad:
¿Sería el santo? ¿Sería el santo?
Como supe yo después
El santo era san Moisés.

Una cosa muy aparente
Sucedió al día siguiente,
Pero cambiando de altar.
Aunque también trajo el canto
Para el pocillo tapar
Llenito de chocolate
Porque dijo: ¡Tate! ¡Tate!
No me fío de aquel santo.

Pero cosa parecida
Le sucedió a su venida
Callandito y muy despacio
Sin hacer ruido con los pies
Esta vez no fue Moises.
El santo era Bonifacio.

Moraleja:
No te fies de chavales
Que parecen muy formales.










domingo, 20 de mayo de 2018


EL AYER DE FRESNO DE LA VEGA


Por Bonifacio Fernández Arteaga
Parte 3






La iglesia tenía portales
Que su entorno circundaban
A la entrada, en laterales,
Existían bancos corridos
Donde los fieles se sentaban
Esperando los sonidos
De las campanas llamando
Y a los rezos suplicando.

Más dentro, en los portales,
Se organizaban pedreas
Y bastante  cosas feas
(que yo meo, que tú meas)
Entre grupos de chavales.
Desde enero, hasta otro enero
Aquello era un estercolero.


Yo oficié de monaguillo
Y otro de nombre Moisés,
Don Gaudencio, el sacerdote.
Cogiendo en mano el cepillo
Con hábito hasta los pies,
Salí a pedir un escote,
Pero, a decir la verdad,
Cuando se toca al bolsillo
Hay mucha parquedad.
Nunca se llenaba el bote
¡Era el cepillo tan hondo!
Solo algunas perras al fondo

Y desde el coro algún mozo,
Para al monago incordiar
Tiraba, con alborozo,
Alguna perra al azar
Ya para que esta, al rodar,
Entre faldas se colara
Y allí al monago llevara
O en los hoyos se metiera
Y risa sobreviniera

A caso por el enfado
Y con visos de venganza,
El caso es que, sin tardanza,
Desandé lo que había andado
Me metí en la sacristía
Para dejar el cepillo
Y dije: seré un chiquillo
Y de poca valentía
Si después del sofocón
No me quedo con mi ración

Y del total la mitad
Aprópieme sin piedad
“No creo que la sisa note
Don Gaudencio el sacerdote,
Pues le dejo en propiedad
Otra preciosa mitad”
- Dije para mi cogote-

Pero de la noche al filo
Al rosario fue Moisés
Puso el cepillo al revés
Quedándole ya sin mies
Dejando el asunto en vilo.

Al terminar el rosario
Al cepillo con premura
Se dirigió el señor cura,
Como lo hacía a diario.
Se echó mano a su tonsura,
Como suele suceder
Cuando alguien cree prever
Algo que suena a locura.
Y con sorna y con gracejo
Por ser castellano viejo,
Llamando a los monaguillos
Así espetó a los chiquillos:
“yo las perras oí chinglar
Que del coro procedían
Si no están en el lugar
Donde dejarse solían.
Si yo la puerta he trancado
Y la ventana tiene reja,
Algún fantasma habrá entrado
Que a mí, sin perras me deja.
Por las cuentas de la vieja
Y por lo que a mí me abulta,
Sí habría treinta perrinas.
Pongo al fantasma una multa
Y le dejo sin propinas
Los próximos quince días
Y así reparo averías”.

Al pasar una semana
Sin tener retribuciones,
Sobrevino la desgana
Y pensaron apelar
Pero uniendo corazones
Y por varias razones
¿Qué decidieron?: CESAR.

¡Que fantasmas más odiosos!
¿A quién esto no le  enoja?
¿No era para poner nerviosos
A más de dos mozalbetes?
Que solo querían cacahuetes
De los de Joaquina la coja.

Y al salirse de estas tretas
Boni hizo liquidación:
Ocho meses en función
Resultado: ocho pesetas
¡Menuda retribución!
Si Ronaldo lo supiera,
Del Barsa a aquí viniera.