COSAS DE LA NOCHE DE DIFUNTOS
La
globalización de las celebraciones populares y el consumismo que para cada una
de ellas nos bombardea desde el mundo comercial, hemos terminado por adoptar el
Halloween, en este país donde siempre hubo otras maneras de celebrarlo, como la
visita a los cementerios el día de Todos los Santos y la Noche de Ánimas que va
del uno al dos de noviembre. De hecho, el origen de esta celebración, como
tantas otras, es pagano y no religioso, pero desde la cristianización del
continente europeo, el carácter de la misma estuvo marcada por los ritos de la
fe y el culto religioso: novenas, visitas a los cementerios para rezar y
recordar responsos, toque de campanas a muerto durante toda la noche y otras celebraciones
de mitos y leyendas ligadas a la muerte y los ya muertos.
En
Fresno hubo una cofradía llamada de Las Ánimas que, en los siete últimos días
de octubre, organizaba la Novena de las Ánimas en la que todo el pueblo acudía
diariamente a la iglesia para rezar por sus difuntos y salir en procesión con
velas encendidas y paradas para rezar responsos, mientras las campanas tocaban
a muerto. Encabezaban la procesión los cofrades. El penúltimo día de la novena
coincidía con la festividad de Todos los Santos, primer día del mes y la novena
se rezaba en el cementerio delante de las tumbas de los difuntos. El noveno era
el día de difuntos y se rezaba en la iglesia. Muy antiguamente, entre un día y
el otro, las campanas tocaban a difunto toda la noche, desde el anochecer hasta
la misa del día siguiente.
En
las casas era costumbre, según María Luisa Carpintero, poner en la ventana de
la cocina una lamparilla por los difuntos de la familia que se mantenía
encendida toda la noche. La lamparilla la hacían con un vaso de agua y una capa
de aceite sobre la que se ponía un cartón con una mecha de algodón que en
contacto con el aceite ardía.
Otra costumbre muy arraigada era la de hacer calaveras con remolachas. De la misma manera que se hacen ahora las de calabaza: se vaciaban por dentro cortando una tajada de la parte de arriba para meter la mano y la navaja e ir sacando la pulpa. En el culo de la pieza se cortaba otra loncha para hacer una base lisa que permitiera dejarla encima de una ventana o en el suelo sin que volcase. En la cara delantera se abrían los agujeros de los ojos y la boca, nariz no tenían porque las calaveras no tienen. Luego con pelos del rabo del burro, eso dice Neo, cubrían la tajada cortada por arriba para ponerla de peluca o sombrero, y encima de la boca el bigote. Cuando estaban terminadas metían una vela dentro y esperaban a que fuera de noche y en la oscuridad de cuando no había a penas alumbrado en las calles, encendían la vela e iban a ponerla en la ventana o delante de la puerta de mujeres que vivieran solas, luego llamaban a la puerta y salían corriendo a guardarse y esperaban a ver el susto que se llevaban. También las ponían en la puerta del cementerio o en rincones oscuros si sabían de alguien que fuese a pasar por allí. Antiguamente era costumbre ir a casa de alguien a por la leche y, como se ordeña de noche, a más de una y de uno se le cayó la lechera del susto. Decía el señor Servio en una entrevista que dio a Radio León, que eran para ahuyentar todo las cosas malas que fueran a venir, pero que los chavales, que entonces tenían pocas cosas con las que divertirse, enseguida encontraron el juego ese de asustar a las viejas y a los descuidados.
También
se hacían pequeñas hogueras para quemar o espantar a todos los males que pudieran
llegar en el invierno. En realidad, Neo no se acuerda bien si era una hoguera
grande como en San Andrés, o pequeñas como decía el señor Servio en la
entrevista de la radio. Los chicos iban a los entrerríos o por los caminos a
coger broza seca y hacían dos montones, uno grande y otro más pequeño. Prendían el pequeño y poco a poco iban
echando lo del grande, hasta quemarlo todo.
Otra de esas leyendas, quizá la más fantástica de todas, era la de la Güeste o la Güesta, que Amable no se acordaba muy bien de cómo se llamaba en Fresno a esa procesión de ánimas cubiertas con un sudario blanco y una vela en la mano que andaban por los caminos. El primero de todos ellos, el que iba delante, tocaba una campanilla. Olían a tierra húmeda, la tierra de la hoya de la que acababan de salir. Y si por desgracia te dabas de frente con ellos, tenías que hacer un redondel en suelo y meterte dentro, ellos nunca lo franqueaban. Tampoco podías cruzar la mirada con ninguno porque si te miraban de frente era la señal de que tú o alguien de los tuyos iba a morir en el año. Al que fuera que le hubiese pasado eso o uno de los suyos, pasado un tiempo empezaba a desmejorarse, perdía el color, las carnes, y las fuerzas y poco a poco se consumía. Por eso no se podía salir a los caminos esa noche. Y si no había más remedio que hacerlo, se tenía que ir preparado con un palo para nada más oír la campanilla, dibujar un redondel grande en el terreno, meterse dentro, mirar al suelo y dejar que pasaran sin levantar los ojos. Solo cuando hubieran pasado de largo, estuvieran de espaldas y bien lejos, se podía salir y seguir el camino. Pero lo mejor era quedarse en casa.
De estas costumbres y tradiciones, nacieron cuentos de miedo que tenían por
protagonistas a incrédulos que se vieron en la necesidad de salir esa noche y
lo pasaron francamente mal.
Ese fue el caso de aquella viuda que necesitando moler echó un saco de cebada al burro y fue hasta el molino. Al llegar encontró que había otros que estaban delante y viendo que iba a tener que esperar bastante, le dijo al molinero que mientras hacía tiempo iba a llegarse hasta el balsero y atropar un feje de palos para encender la lumbre. Eso fue lo que hizo, solo que se entretuvo más de lo que pensaba y cuando llegó al molino era prácticamente de noche. Entre que cargó el saco y los palos encima del burro y tal, se la hizo de noche del todo y no tenía ni siquiera el farol, tuvo que hacer el camino a su casa a oscuras del todo. Entrando ya al pueblo, más o menos por las huertas de las Casas Quemadas, oyó la esquila de la Güesta. Así que rápida se arrimó a una majada que había por allí, cogió uno de los palos que llevaba e hizo un redondel como para jugar al pelicais, más o menos, y se metió dentro con la vista clavada en el suelo. La procesión de ánimas pasó por delante de ella tocando la esquila y cuando ya creía que iban de largo, sintió que se paraban y que uno tendía un brazo y la llamaba por el nombre. Ella, sin mirar hacia arriba, fue a coger la mano y solo encontró la tela del sudario, no había nada dentro. Muerta de mido oyó que le decía: ¿Pero no sabes quién soy? Soy Pedro, tu marido. La mujer tuvo la fuerza de voluntad de no mirarle a la cara y gracias a eso, ellos pasaron de largo y ella pudo llegar a casa y encender la lumbre.
En
fin, voy a contar otro, que esto me gusta y no pasa nada por adelantar un par
de ellos:
Este
es de uno que fanfarroneaba de valiente y se apostó con los compañeros de la
partida, ir a media noche al cementerio viejo, hoy desaparecido, y estar allí
un rato grande. Por allí no había ninguna luz, ni casas, ni siquiera estaban
levantadas las escuelas entonces, de La Cerca para afuera solo había huertas y
regueros. Por eso los que apostaron con él que no se iba a atrever, le pusieron
como condición que les tenía que dejar el farol y, además, tenía que clavar un
clavo grande en la puerta, para que pudieran comprobar que había estado allí y
a oscuras de verdad, no fuese a hacer trampas. Eso fue lo que hizo, cuando le
pareció que ya era media noche, porque ni tenía reloj ni nada, cogió clavo y martillo
y marchó para el cementerio. Llegó a la puerta que como recordareis tenía un
ventanuco por el que se veía el interior con todas las sepulturas arregladas
para el día de Todos los Santos, y él estaba muerto de miedo porque cuando
entre las nubes salía la luna, las iluminaba como alfombras de crisantemos y
las cruces de hierro con las coronas colgadas. No se oía nada de nada, silencio
total. Entonces sacó del bolso el clavo
y el matillo y se puso a clavarlo a toda prisa porque se cagaba por la pata
abajo del miedo que tenía. Tuvo la mala suerte de que al clavar el clavo, clavó
la punta de la pelliza también y, al ir a marchar, sintió como si tirasen de él
para atrás y se desmayó. Allí le encontraron al día siguiente, sin sentido y
disparatando.
