Hola a todos,
Tras una larga ausencia por agotamiento de tema, y tras el bloqueo de la aplicación por falta de uso, por suerte ya está nuevamente operativo el blog, lo que nos da la posibilidad de traer aquí retazos de nuestras pequeñas cosas: tradiciones, leyendas, festividades, eventos, y todo aquello que nos une y nos hace agradable el recuerdo de nuestro pueblo.
Seguimos pues.
TENTENUBE
Quedan cinco días para que volvamos a oír las campanas tocando, cadenciosa y machaconamente, ese toque que nos dicen, aleja de nuestro pueblo a esos seres malvados que recorren los tejados y las ventanas de las casas en los días de mal tiempo, menean los cristales, silban por las rendijas, levantan tejas, rompen las ramas de los árboles y les desnudan de hojas, tumban los trigos, azotan a los chopos, y lo peor de todo: llaman a la nube para que venga y descargue todo su poder destructor en forma de piedra o granizo en las casas y en las cosechas, asolando el campo. Este toque les hipnotiza, les espanta, y a nosotros, nos libra de tanto bicho malo.
Vamos a conocer un poco más sobre esta tradición tan arraigada en nuestro pueblo:
En una clara fusión entre superstición y
fe, la tradición nos dice que tocar las dos campanas grandes de Fresno:
la Santa Bárbara y la San Miguel (la más
pequeña, el esquilín del Sagrado Corazón, no interviene en este
toque), durante la noche que va del treintaiuno de enero al uno de
febrero, día de Santa Brígida y San Severo, conocido este último como santo
tormentero, espanta y ahuyenta a los renuberos, esos seres tan fantásticos como
malignos, capaces de organizar y descargar ellos solos, todo el pedrisco y los
temporales que pudieran venir en el año recién empezado, arruinando las
cosechas, tumbando los trigos o quemándolos, quemando las paleras y los pastos
con las chispas que dejan caer y acabando en cuestión de minutos con el pan de
ricos y pobres. Esos renuberos según les llaman ahora, pero a los que la gente mayor, entre ellos mi tío
Ezequiel, siempre llamaron los guiris, correteaban por
los tejados y trequiñaban las puertas y los cristales de
las ventanas, los días de mucho aire, sembrando el pánico en la gente menuda
cuando nos decían: quédate quientin/a, no des guerra y siéntate o duérmete
enseguida, que andan los guiris por ahí fuera y si se enteran de que no
obedeces, igual quieren llevarte ¿No les oyes? Y claro que se les oía.
El toque de Tentenube es peculiar:
rítmico, repetitivo, sugestivo y hechizante. Cada campanero le imprime su
propio compás y algún que otro quiebro. Es sumamente nostálgico para quienes no
podemos oírlo en directo y cada treinta y uno de enero recibimos los vídeos con
la grabación: ventajas de vivir en esta época. El tañer de las campanas se
acompañaba con el recitado del estribillo: Tentenube/ tente tú / que
Dios puede más que tu/ Tentenube/ tente palo / que Dios puede más que el diablo.
Los niños y niñas, por esas fechas hace
años jugábamos al juego de Tentenube, que consistía en ponernos de dos en
dos, espalda con espalda y engancharnos con los brazos acodados. Entonces uno
de los dos se agachaba hacia delante levantando al de atrás en el aire,
mientras recitábamos Tente nube / tente rayo / tente tú / que yo me
caigo, y a continuación se cambiaba, el que estaba con el compañero a la espalda,
se iba levantando poco a poco, el otro hacía pie y se iba inclinando hacia
delante hasta levantar al primero, volvían a recitar el estribillo y vuelta a
cambiar. Así se iban balanceando hasta perder el equilibrio y caer.
El primero en caer con su compañero a la espalda, era el que perdía y el otro
ganaba. Si se jugaba en grupo de parejas, después de la primera ronda,
jugaban los ganadores, y así iban cayendo jugadores hasta que solo quedaba uno
como ganador definitivo. La realidad es que ni el juego se llamaba siempre
Tentenube ni el estribillo era el auténtico del juego. Esta debía de ser
una adaptación para esos días, ya que el soniquete era igual. Pero en el
juego de verdad, como lo jugábamos el resto del año, el estribillo era
este: -¿Dónde estás? -En tableta/ -¿Qué comiste? –Caganetas -¿Qué
bebiste? –Agua de mayo/ - Tente tú que yo me caigo. Sin la musiquilla
del toque.
Antiguamente, se tocaba durante toda la
noche, desde que oscurecía hasta el amanecer. Por eso decía el refrán: el
que toca a Tentenube, si no miente, sube a la torre un mes y baja el siguiente.
El ayuntamiento encargaba un guiso de carne de carnero para
que los campaneros disfrutasen de una cena en condiciones. Por su
parte, el cura tenía la costumbre de convidar a los campaneros con un garrafón
de limonada que, como todo el mundo sabe, en León no se hace con agua y limón
sino con vino en el que se maceran frutas, entre ellas limones troceados pero
también peras, naranjas y manzanas, con palos de canela y algo de
azúcar. También, en ocasiones, alguno de los campaneros llevaba una
puchera de castañas cocidas en anís o alguna botella de orujo. Se supone que
los agasajos eran abajo en los portales de la iglesia después del toque, porque
trepar, que no subir, a la torre, era muy difícil en estado de total sobriedad,
no digamos ya con unos tragos de orujo o limonada dentro. Y era así
porque entonces no había una escalera en condiciones, había que escalar
apoyando los pies en unos zoquetes de madera empotrados en las paredes y
agarrándose con las manos en otros. Hasta el arreglo de la torre en
el año 1996 no hubo una escalera que pudiera llamarse tal.
Parece extraño que se tocase a Tentenube
en enero que es cuando no suele haber nubes, piensa uno que sería más indicado
hacerlo en verano cuando se producen las más gordas y temidas. Y así era en la
antigüedad, tiempo en el que existía la creencia de que tocar las campanas cuando
el cielo estaba enmarañado disipaba las nubes evitando el pedrisco, y así se
hacía, pero hubo que desistir de tocar en ese preciso momento, tras
la muerte por rayo de varios campaneros de la zona, por suerte ninguno en
Fresno.
Cada pueblo tiene su leyenda con las
campanas y las nubes: en Fresno se cree que las de Villamañán y las de
Benamariel, espantan la nube, y las de Fresno la llaman.
De ahí el peligro con las nubes que se ponen al otro lado del río: si allí
tocan para disiparlas, nos las mandan para Fresno; y si aquí tocamos las
estamos llamando. Tocar todos a la vez, es lo peor que puede pasar en este
pueblo.
Hoy en día, el horario del toque es más
reducido, comienza a las diez de la noche y finaliza a las doce, 0 horas del
día de Santa Brígida y San Severo.
Recientemente, la asociación cultural
Fraxino, más o menos desde el año 2000, para dar realce a la tradición, motivar
la voluntad de posibles campaneros y hacer partícipes a la gente del pueblo,
invitaba en la sede de la asociación a un chocolate con la típica copa de
orujo. Incluso llegaron a convocar charlas con asistentes ilustres como el
etnógrafo Joaquín Alonso y el profesor de la Universidad de León Héctor Luis
Suárez Pérez, y como experto, Antonio Bodega, campanero hijo de campanero
(Cesáreo Bodega, nacido en un día de Tentenube) y maestro de otros campaneros
como Miro Prieto, Alberto de Paz, Álvaro Carpintero, Miguel Ángel Miguélez o
Carlos Fernández, a quienes van relevando Héctor de Paz, Diego García, su
hermana Ana y algunos jóvenes más. (Página 428 y dos más del libro Fresno
de la Vega, memoria colectiva)
